
Lugares de Córdoba: Túneles y Volcanes de Pocho
on tres vías distintas de llegada y un punto neurálgico que apenas es una sombra al costado del camino, los túneles y volcanes de Pocho son la postal menos visitada de Córdoba, pero una de las de mayor espectacularidad. Una advertencia: cuidado con los dragones.
Revisemos las tres vías de llegada, analicemos sus costos y beneficios y contrastemos el destino con el producto final. Tenemos que llegar a Villa de Taninga, ese punto neurálgico, de llegada y de partida, la ecuación con resultado 0 que nos dé paso a la altura transerrana, a los cielos ganados por bestias prehistóricas que amenazan llevarse a los niños y niñas que no se bañan.
Tres vías d
e llegada para alcanzar la rotonda de Taninga, que si no tuviera algún cartel cascoteado que indique que ahí es, nadie sabría que habría llegado a Taninga. 1- Camino de las Altas Cumbres, desvío a Cura Brochero, 40 kilómetros más y, oh Taninga. 2- Cruz del Eje, San Carlos Minas, La Higuera, Salsacate, 3 kilómetros y, oh Taninga. 3- Tanti: Camino de los Gigantes: Taninga.
e llegada para alcanzar la rotonda de Taninga, que si no tuviera algún cartel cascoteado que indique que ahí es, nadie sabría que habría llegado a Taninga. 1- Camino de las Altas Cumbres, desvío a Cura Brochero, 40 kilómetros más y, oh Taninga. 2- Cruz del Eje, San Carlos Minas, La Higuera, Salsacate, 3 kilómetros y, oh Taninga. 3- Tanti: Camino de los Gigantes: Taninga.
Los dos primeros, urbanos y consolidados, más propios de acervo habitual, son las rutas de pavimento para llegar al punto de salida. El tercero, el riesgo de aventurarse a 80 kilómetros de tierra en Córdoba, en donde las sequías convierten las sendas sin macadam en vías de polvo terrenal o, en su defecto, las lluvias los vuelven exclusivos para 4 X 4. -Callate y vamos por Tanti El camino Tanti/Taninga no es otro que el Camino de los Gigantes. El macizo de piedra es el que se trepa y atraviesa para llegar a destino. Y como se sabe, lo importante del viaje no es llegar, lo importante es el camino.
Hay más figuras metafóricas que hablan de esta cuestión de no apurarse, si acaso vamos a ningún lado: amar la trama más que el desenlace. El desenlace, Taninga; pero ya vamos: amá la trama primero. 80 kilómetros para hacer en cualquier vehículo pese a lo polvoriento del asunto, el impacto de Los Gigantes, sus paredes pétreas en donde reina la cuadratura, es suficiente para justificar la opción que, aunque siendo la más corta, es la más lenta.
Por la tierra, por las montañas y porque vale, ante cada posibilidad de miradas amplias, hacer un alto. Los Gigantes forman parte de las Sierras Grandes y llega, su pico más alto, a los casi 2400 metros. Es muy posible ver, en cada pared de granito –de memoria: cuarzo, feldespato y mica-, hombres y mujeres escalando.
Durante el trayecto hay posibilidades de desviarse hacia la rotonda de ingreso al cerro, algunos comedores y paradores, arroyos varios que atraviesan el camino y el río Yuspe que manda por caudal y presteza de sus aguas. También playas de arena. Pura trama que puede tardar, su recorrido, un par de horas. O todo el día. O un par de días: se puede acampar e incluso buscar un refugio donde haya catre y vino tinto tibio para combatir pesadillas y sabañones. El camino va y viene, es irregular en todas sus formas y el serpenteo no es exclusividad de los arroyos. El ir y venir se vuelve un ejercicio cuasi natural para las 4 ruedas de los autos que se ven obligadas a frenar cuando el primer anuncio de volcanes está a la vista: Agua de la Cumbre, Ciénaga, Poca, Yerba Buena y Véliz.
Los conos que dan sombra y fuego están inactivos, pero la postal no miente: desde la altura se los ve como una repulsa de la tierra que apunta a los cielos para escupir sus bolas de fuego. Volcanes. No hay otros en Córdoba. El desenlace, el fin de la trama tras atravesar ese muro indestructible y la serie cónica del infierno apagado, tiene forma de rotonda y la posibilidad cierta de que nada sea avistado si no se leen los carteles de rutina. Villa de Taninga y la rotonda del principio y el fin, casi invisible.
Hacia los dragones
Si ya en el camino avisaron a lo lejos que estaban, en Taninga no hay forma de ocultarlos. En Córdoba no corren ríos de lava y ni basalto derretido por el magma hirviendo desde el corazón de la tierra. No. Pero en Córdoba están los 5 volcanes inactivos y desde Taninga, la rotonda del comienzo y el fin, la postal es nítida y real.
Taninga es una villa con un centenar de habitantes, una estación de servicio, dos almacenes, un cementerio con mujeres que se quejan mucho de la vida y la apertura hacia los túneles y, claro, los volcanes. Desde la rotonda de ingreso y salida, que a su vera tiene un hotel inexplicable y al otro costado una comisaría –también inexplicable-, son unos 35 kilómetros más de tierra que atraviesan el camino que lleva a Las Palmas y otros poblados. El trayecto que deja atrás ranchos y potreros tiene una iglesia del 1700 y palmas caranday que se encuentran sólo en una franja de la provincia. 35 kilómetros en lo alto hasta que lo bajo da cuenta de esa altura que, hasta entonces, no es dimensionada.
El camino inaugurado en la década del ‘30 para unir Córdoba con La Rioja transita el fin de las sierras grandes y mira, desde arriba, el llano riojano. Es por eso que, cuando comienzan a atravesarse cada uno de los 6 túneles que se meten en la montaña, abajo está La Rioja y su meseta como un mar verde y plano, una pileta inmutable vista desde el trampolín más alto de Córdoba. No hay mucho espacio. La ruta es un sendero estrecho que ladea el precipicio y que se mete en las montañas sin más lugar que el que las huellas de los autos habilitaron. Cada tanto, aparece un rincón que habilita a bajarse y pensar en saltar a ese vacío riojano que no se termina más. Para los ojos no se termina más. Y es en ese posible descanso ante el abismo en donde, al caer el sol, los dueños del cielo rondarán por las cabezas de los niños y las niñas no afectos al baño diario.
En la Córdoba medieval, oculta en las sierras de Pocho y Guasapampa, que escupe el fuego olvidado desde las entrañas de un mar muerto, atraviesan el firmamento los cóndores que se creen dueños y dragones del fin del mundo. No temen, no huyen. Huelen la carne muerta y van hacia su encuentro, sobrevolándola hasta que la seguridad los habilite a hincar el pico y desgarrar al cadáver. Pueden ser dos o tres días en el cielo. Pueden volar cuanto quieran desplegando sus metros de plumas y sin agitarse. Las alas no se mueven. Planean sus propios cielos. Si apenas los ojos apuntan la presa para indicar propiedad. No hace falta más.
Los cóndores de los túneles, los cóndores de los volcanes, los cóndores de las caranday, se creen dragones en la Córdoba de la Edad Media. Mejor quedarse quieto y en silencio. No alterar el tiempo. Que la pausa infinita del pasado no sea nunca mañana.
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